HISTORIAS TURKANA: EL LENGUAJE DE LA NATURALEZA


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PRIMERA PARTE

Creció en mi frente un árbol

Creció hacia dentro

                     ….

                                                               Acércate, ¿lo oyes?

 Octavio Paz “Árbol adentro”

 En el camino que representa esta vida, en algún momento, nos hemos detenido a revisar nuestra relación con el mundo, a hacer lo que un maestro una vez me dijo que se llama “encuentro espiritual”. Hemos detenido nuestro andar para mirar al cielo y contemplar lo pequeño y grande de esta vida y preguntarnos sobre nuestra existencia en la tierra: ¿Para qué estoy aquí? ¿Hacia dónde voy… hacía donde va la humanidad? ¿Existe Dios? ¿Quién soy? ¿Cuándo moriré? … nos hemos detenido para poder continuar con rumbo.

En esos momentos de reflexión podemos alcanzar un nivel muy alto de sensibilidad, de introspección y claridad porque el ejercicio de adentramos hacia lo más íntimo y sustancial de nuestro ser agudiza nuestros sentidos; ya que recorremos meticulosamente los recovecos y sinuosidades de todos los elementos que nos configuran como persona: miedos, deseos, sentimientos, pasado, presente, futuro, ideas, placeres, perspectivas, etc, Podemos percibir tan nítidamente (a veces confusamente) tantas cosas que antes no notábamos.

De las respuestas que encontramos ahí, en ese momento y lugar, decidimos nuestra vida, elegimos un camino.

Para contar la historia Turkana de hoy, consideré necesario este preámbulo, ya que el amigo que me contó su anécdota de medio ambiente y salud, me dijo que fue en uno de esos momentos de alta sensibilidad y de comunión espiritual, en que descubrió que la naturaleza nos intenta comunicar algo, intuyó lo que llama “el lenguaje de la naturaleza”.

Así, Juan me relató que hace algún tiempo, en su vigésimo segundo otoño de vida, mientras se preguntaba intensamente acerca de su existencia y definía sus prioridades en la vida, caminaba por un lugar de la ciudad en el que “el oxígeno del aíre eran ideas que nutrían el futuro y el destino era un atardecer que se negaba a morir”.

Absorto en sus cavilaciones Juan llegó al fin de su comprensión del mundo y detuvo su andar, como para detener también la intensidad de su pensamiento. No sabe si fue su cansancio o el viento o el tiempo o su destino o solo la asombrosa y a veces increíble casualidad quien lo detuvo. En ese momento, sintió como el aire suavemente movía su cara para dirigir su mirada hacia un árbol… hacia el tronco de un árbol… Y, como si sintiera que el mundo hiciera una pausa en su movimiento de rotación para girar al sentido contrario, Juan vislumbró el lenguaje de la naturaleza.

Me explicó cómo al observar los pliegues del tronco de un árbol, pudo desentrañar la figura de una especie de rostro arbóreo que gemía o parecía expresar un grito de dolor. Comenta que “fue como una especie de revelación… la naturaleza nos expresa que sufre, pero no lo queremos ver, aunque lo veamos lo ignoramos, preferimos darle una interpretación correcta y científica (tal vez la ciencia aun no entienda que la naturaleza se comunica) , cuando vemos el cielo gris decimos “está contaminado”, no decimos “está triste”; cuando vemos que las raíces de los árboles levantan el pavimento como si fuera un retrato de esclavos que se arrancan las cadenas, decimos “pinches árboles”, nunca decimos “pobres árboles tienen sed”; cuando vemos la tierra seca y partida como si pareciera un hombre de sin dientes y desahuciado de unos 100 años, no decimos “pobre tierra se está muriendo”… siempre interpretamos las expresiones de la naturaleza como si fuera ella fuera cosa, como si no existiera”.

En ese momento de la plática, le pregunté: ¿en tu opinión, la naturaleza tiene un lenguaje? Y él me respondió sin dudarlo “sí, pero creo que aún no lo entendemos o no lo queremos ver, creo que andamos en otro canal, para comunicarte de manera efectiva debes de estar en un mismo canal.”

Les confieso una cosa, creo que Juan tiene razón, por muy loco que parezca, si nos atenemos a considerar que la naturaleza es un ente vivo y entendemos la comunicación como “la unión que se establece entre ciertas cosas” (RAE, 2015), no es tan descabellado decir que puede existir el lenguaje de la naturaleza.

Continuará.

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